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¿Quién es Cilia Flores? La esposa de Maduro y Lady Macbeth de Venezuel 

La ex primera dama puede parecer un personaje secundario en el drama judicial estadounidense, pero para los venezolanos siempre fue el poder real detrás del presidente.

En un tribunal federal de Manhattan, Cilia Flores se presentó como “la primera dama”. En casa, prefería un título más acorde a la épica revolucionaria: “la primera combatiente”.

Aunque su captura ha recibido mucha menos atención internacional que la de su marido, el presidente venezolano Nicolás Maduro, Flores, de 69 años, ha sido considerada durante décadas como el verdadero poder detrás del trono en Venezuela.

Ante el juez, apareció con el rostro vendado y se quejó de hematomas. Está acusada de conspiración para importar cocaína, delitos vinculados al narcotráfico y posesión de armas automáticas. Su actitud dócil —la misma que mostró al descender de un helicóptero de la Drug Enforcement Administration (DEA) en Manhattan— contrasta con la figura de una mujer que, durante más de treinta años, acumuló una influencia política extraordinaria y, presuntamente, una fortuna considerable.

Flores nació en una familia de clase trabajadora del noroeste rural de Venezuela. Creció con cinco hermanos en una casa de adobe con piso de tierra. Siendo adolescente se mudó a Caracas, donde estudió Derecho, se casó con un detective de policía y tuvo tres hijos.

Su irrupción en la escena política ocurrió en 1992, cuando, aún joven y ambiciosa, visitó en prisión al carismático militar Hugo Chávez, encarcelado tras su fallido golpe de Estado. Se ofreció como su abogada y, tras lograr su liberación en 1994, se convirtió en una pieza clave y confiable de su círculo íntimo.

Esa cercanía con Chávez fue lo que la llevó a conocer a Maduro, entonces dirigente sindical, a comienzos de los años noventa. Iniciaron una relación sentimental y, cuando Chávez llegó al poder en 1999, ambos recibieron cargos políticos de peso.

En 2006, Flores se convirtió en la primera mujer en presidir la Asamblea Nacional, sucediendo a Maduro. Durante su gestión, las acusaciones de nepotismo se multiplicaron: se le atribuye haber facilitado el nombramiento de cerca de cuarenta familiares en cargos públicos. Ella siempre sostuvo que todos accedieron por mérito propio.

Al mismo tiempo, comenzaron a circular historias sobre los excesos de su entorno. Dos de sus sobrinos —a quienes ayudó a criar— se hicieron conocidos por conducir Ferraris a alta velocidad por Caracas, llegando incluso a utilizar la pista del aeropuerto militar como circuito. Sus hijos formaban parte del mismo círculo: fiestas, clubes exclusivos y escapadas a las islas del Caribe venezolano.

En 2015, esos mismos sobrinos, Efraín Antonio Campo Flores y Francisco Flores de Freitas, fueron arrestados por la DEA en Haití. Estaban acusados de intentar contrabandear 800 kilos de cocaína a Estados Unidos en un jet privado y portaban pasaportes diplomáticos venezolanos.

Un exguardaespaldas declaró a Reuters en 2020 que su jefa sabía perfectamente lo que ocurría. “Cilia lo sabía todo”, afirmó Yazenky Lamas.

Los llamados “narcosobrinos” fueron condenados en 2016 a 18 años de prisión. Sin embargo, seis años después quedaron en libertad como parte de un canje negociado por la administración Biden a cambio de cinco ciudadanos venezolano-estadounidenses detenidos en Caracas. El acuerdo buscaba abrir el camino a elecciones libres en 2024, las mismas elecciones que Maduro terminaría robando. Flores hoy está sancionada por Colombia, Canadá, Panamá y Estados Unidos por corrupción y socavamiento de la democracia.

Su gusto por el lujo nunca pasó desapercibido. En 2018, mientras Venezuela atravesaba una de las peores crisis económicas de su historia, Flores y Maduro fueron fotografiados cenando en el exclusivo restaurante Nusr-Et de Estambul, regenteado por el célebre chef conocido como Salt Bae. Ese mismo año, dos tercios de la población venezolana registraba pérdida de peso por la escasez de alimentos.

Tras las elecciones de 2024, Flores se volvió central en el intento de Maduro por reinventarse como un líder paternal y cercano. Bailaban salsa en transmisiones televisivas, él la llamaba “Cilita”, y ella aparecía cocinando platos tradicionales en una modesta cocina.

Pero quienes la conocen aseguran que se parece menos a una ama de casa y más a una Lady Macbeth tropical. Manuel Cristopher Figuera, exdirector del servicio de inteligencia venezolano, lo resumió así en 2020: “Flores mueve los hilos”. Según antiguos asesores, exigía informes secretos sobre opositores y mantenía reuniones privadas con enviados extranjeros, a veces sin la presencia de Maduro.

En Caracas circuló un rumor persistente: que fue ella quien convenció a su marido de que la advertencia del presidente Trump —“sus días están contados”— era solo una maniobra psicológica, y que no había necesidad de aceptar el exilio cómodo que Washington supuestamente ofrecía.

Cuando fuerzas especiales estadounidenses irrumpieron en su dormitorio en la madrugada del sábado, tal vez Maduro tuvo apenas un instante para comprender que la mujer que amaba había tomado una decisión fatal.

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