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Una pobre vaca muerta y sin Plata

¿Quién lo hubiera dicho? Venezuela, esa joya geopolítica que durante años fue sinónimo de barriles, barriles y… caos, vuelve a asomar en el radar como posible competidor de Vaca Muerta. Sí, el mismo país cuya producción petrolera se desplomó por sanciones, desmanejo y abandono, hoy reaparece como promesa energética. Y todo, claro, después de una operación estadounidense que terminó con la detención de Nicolás Maduro. Nada como un cambio de custodio para reactivar expectativas.

La ironía regional es casi un petróleo liviano listo para exportar. Mientras la Argentina intenta seducir capitales con marcos fiscales y legales todavía en borrador, Venezuela promete barriles apenas Estados Unidos termine de ordenar la casa y devolverle funcionalidad a una industria devastada. Promesas nuevas sobre ruinas viejas.

Desde Washington ya se habla de invertir “millones y millones” para reconstruir la industria petrolera venezolana. Según la narrativa oficial, el país estaría listo para atraer a Exxon, Chevron y compañía en cuanto haya estabilidad, claridad jurídica y una lluvia de dólares destinada a reparar décadas de deterioro. Detalle menor: esa estabilidad aún no figura en stock.

Chevron y otros gigantes energéticos conversan, evalúan, calculan. Invertir ahora, invertir después, o simplemente mirar desde la platea. Porque el crudo venezolano es pesado, la infraestructura también, y el combo de burocracia, riesgo político y contratos frágiles vuelve la ecuación tan densa como el petróleo que promete.

Argentina, mientras tanto, insiste en vender a Vaca Muerta como la gran oportunidad energética de Sudamérica: petróleo ligero, extracción rápida y —sobre todo— menos drama geopolítico que una reconstrucción postintervención. Una virtud que, en estos tiempos, no es menor.

El problema es que el capital global no compra épica: compra previsibilidad. Y en un mundo donde el riesgo se castiga, muchos inversores preferirán esperar a ver papel firmado, reglas durables y gobiernos que no cambien de humor con un tuit. Incluso los más entusiastas admiten que las petroleras avanzarán con cautela. Traducido: despacio y con calculadora.

En Neuquén, la escena es otra. Ejecutivos mirando números, provincias pidiendo incentivos y una pregunta flotando en el aire: ¿Venezuela será una amenaza real o apenas una excusa más para exigir condiciones mejores? ¿Vaca Muerta sin dólares? Tal vez. Pero al menos ofrece algo que hoy el Caribe todavía no garantiza: la posibilidad de planificar más allá del próximo titular internacional.

Cuando se apagan los flashes y los mapas geopolíticos recuperan su tamaño real, queda una verdad incómoda y antigua: la economía de un país se sostiene produciendo, no resucitando vacas muertas. Y menos aún cuando, además de estar muerta, no hay Plata.

No alcanza con cambiar el clima político, ni con reescribir relatos energéticos, ni con anunciar retornos gloriosos. El crecimiento no nace de la nostalgia ni del marketing, sino del trabajo sostenido, la inversión concreta y reglas que sobrevivan al próximo ciclo de entusiasmo.

El resto es folklore regional: vacas flacas maquilladas de oportunidad histórica, rumiando discursos mientras el mundo —ese que pone los dólares— sigue mirando balances, no epopeyas.

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