
Venezuela
La frase atribuida a Winston Churchill vuelve a circular con puntualidad macabra: “Si no te invitan a la mesa, eres parte del menú”. No hace falta confirmarla en los archivos británicos; alcanza con escuchar a Donald Trump anunciando que Estados Unidos “dirigirá” Venezuela hasta que llegue una “transición adecuada”. El mundo cambió de siglo, no de reflejos.
Desde Mar-a-Lago, Trump presentó la operación como una obra maestra del músculo militar estadounidense: rápida, eficaz, histórica. El libreto es conocido: captura del liderazgo, promesa de orden, y una transición que —casualmente— coincide con intereses estratégicos largamente postergados.
El detalle no menor aparece cuando el Presidente explica el plan económico: miles de millones para “arreglar” la infraestructura petrolera y empezar a “ganar dinero para el país”. No especifica para cuál. La soberanía, en este guion, figura como nota al pie.
La doctrina Monroe, dada por archivada durante décadas, reaparece con sonrisa de neón. América para los americanos, versión 2026: el patio trasero vuelve a tener dueño, administrador y contratistas preferidos. Nada personal, es geopolítica.
Mientras tanto, el mapa global se recalienta. China observa, Rusia toma nota, y América Latina aprende —otra vez— que la neutralidad sin poder es apenas una ilusión diplomática. No hay sillas suficientes cuando las potencias reparten el salón.
En Washington, el ruido no tarda. Legisladores demócratas acusan a la Casa Blanca de haber negado, en reuniones clasificadas, cualquier intención de cambio de régimen. El líder del Senado, Chuck Schumer, afirma que le dijeron lo contrario tres veces. La sorpresa no es la mentira: es la indignación tardía.
Trump se defiende con una frase que resume su método: el Congreso no fue informado porque “tiende a filtrar”. La transparencia, como la legalidad internacional, queda subordinada a la eficacia del golpe.
Venezuela, intervenida y administrada “por ahora”, entra en una zona gris donde la transición se parece demasiado a la tutela. No hay invasiones, dicen; hay correcciones. No hay ocupación, aseguran; hay gerenciamiento.
Así, el tablero mundial se reacomoda sin sutilezas. Los grandes se sientan, los medianos esperan y los débiles son servidos. Churchill —real o apócrifo— no se equivocó en lo esencial: en la política internacional, la mesa siempre tiene hambre.
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