Argentina
La interna del Gobierno ya no es un rumor: es un horno industrial sin termostato. Esta vez, el pan subió de más cuando Karina Milei y Manuel Adorni aparecieron en la jura de Patricia Bullrich como si fueran invitados VIP… pero sin invitación.
Victoria Villarruel, que preside el Senado y también su propio microclima, dejó trascender que no quería gente del Ejecutivo en la ceremonia. Desde su entorno se hicieron los desentendidos: “No tenemos conocimiento al respecto”. En la Argentina del “yo no fui”, esa frase ya es un clásico.
Bullrich, sin embargo, insistió en que fueran. Y ahí fueron: Karina, Adorni y Santilli, todos aplaudiendo de pie a la nueva senadora. Un aplauso que sonó más a mensaje que a ovación. En política, hasta las palmas tienen destinatario.
El vínculo con Villarruel lleva meses oxidándose. Sin diálogo, sin código común y sin señales de reconciliación. Milei, fiel a su estilo inflamable, llegó incluso a negarle el saludo durante el Tedeum del 25 de mayo en la Catedral Metropolitana, un gesto que selló públicamente la distancia entre ambos.
Desde Balcarce 50 sienten que la vicepresidente juega por cuenta propia y, peor aún, por la cuenta del futuro: “Victoria intenta voltearnos para asumir”, deslizan voceros que creen que la traición tiene fecha de fabricación.
Hace unas semanas, Villarruel protagonizó una velada digital digna de archivo: alentó comentarios que la proclamaban como candidata presidencial, lo que generó carcajadas —y preocupación— en los pasillos libertarios.
Para sumar leña al horno, la vicepresidente se mostró en sintonía con usuarios que denunciaban “decepción” con el Gobierno, y aprovechó para tirar sus dardos contra Karina Milei. Nada nuevo: en la Argentina, las redes sociales son el gimnasio donde se entrenan los boxeadores de la política.
Y remató con una frase que ya circula en todas las panaderías de la grieta:
“Yo no robo, laburo mucho y no he traicionado. El resto son chismes de panadería”.
El problema, Señora Vicepresidente, es que en esta panadería todos amasan, todos fermentan y todos quieren vender el pan del día. Y la Rosada —usted lo sabe— hornea para pocos, pero cocina para todos.
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