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Argentina libertaria y la gran purga staliniana

En la Argentina de los bandos eternos, donde cada facción reclama superioridad moral mientras esconde su mugre debajo de la alfombra, apareció un actor inesperado: los “pañuelos negros”. No vienen a pedir plata ni cargos; vienen a pedir algo mucho más corrosivo para el sistema: revisar el relato oficial de los ’70, allí donde nadie quiere que entre la luz.

El sábado, Plaza de Mayo será escenario de algo más incómodo que un paro general: una marcha por la libertad de militares, policías y civiles presos por delitos de la época de la violencia política. Para unos, impensable. Para otros, tardío. Para todos, un desafío al dogma que durante décadas se repitió como un conjuro sagrado.

Asunción Benedit —viuda de un capitán de Operación Independencia— lo explica sin rodeos: “No son genocidas, son patriotas cautivos”. En cualquier país serio esa frase bastaría para estallar 15 paneles de televisión y 40 editoriales. En el nuestro, que vive anestesiado por la sobredosis de crisis, apenas alcanza para un suspiro irritado.

La agrupación reclama algo que ningún gobierno quiso tocar: los más de 950 detenidos muertos en cautiverio, las condenas que nunca terminan, las causas que se multiplican cuando un preso está por cumplir la pena. Señalan a un “poder judicial militante” como motor de una maquinaria de castigo político. Y aunque el sistema lo niegue, los números no desaparecen.

Guillermo Sotovía, piloto y escritor, describe la Plaza como “un espejo deformado que mostró sólo media historia”. Y en Argentina, donde media historia es suficiente para armar un mito nacional, la otra mitad quedó cuidadosamente enterrada bajo toneladas de épica y subsidios culturales. Pero ahora ese silencio se resquebraja.

El planteo es brutal: mientras los uniformados eran enviados a juicio eterno, quienes pusieron bombas, secuestraron y asesinaron recibieron indemnizaciones, cargos públicos y homenajes. El país, dice Sotovía, compró un relato porque era más simple que aceptar una verdad incómoda: que el horror tuvo más de un dueño.

La marcha no exige revancha, exige revisión. Y eso es lo que incomoda: la posibilidad de que el péndulo de la memoria ya no quede soldado en un solo extremo. Que revisar no signifique negar, pero sí ampliar. Y que ampliar implique desafiar décadas de manual escolar, militancia IVE, políticas de Estado y pactos tácitos entre partidos.

El sábado, a las 16, la Plaza volverá a ser laboratorio de tensiones, pero esta vez sin pañuelos blancos, sin grieta conocida y sin relato fácil. Los pañuelos serán negros.

Y cuando en Argentina aparece un nuevo color en la Plaza, nunca es un detalle estético: es una señal de que algo se está agrietando donde antes parecía inamovible.

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