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Democracia


La primera referencia universal del término “DEMOCRACIA” se encuentra en los cinco regímenes platónicos de gobierno, en orden descendente: aristocracia, timocracia, monarquía y democracia, que pueden conducir a la tiranía, como consecuencia inevitable de un comportamiento demagógico ligado a la obtención de consenso.

Otro ejemplo es el principio aristotélico que distingue tres formas de gobierno puras y tres corruptas: la monarquía (gobierno del individuo), la aristocracia -gobierno de los mejores o de la clase privilegiada- y la timocracia -gobierno de los legitimados-, que, según el filósofo, corrían el peligro de degenerar en despotismo -gobierno sin sujeción a ley alguna-, oligarquía -gobierno de una élite- y democracia -poder del pueblo-, respectivamente.

Esta última, dirigida por las masas y que en términos modernos también se denomina dictadura de la mayoría, “cuantitativismo” político y por tanto, despótico y autoritario.

En la antigua Grecia, la palabra democracia se originó como una expresión despectiva utilizada por los opositores al sistema de gobierno de Pericles en Atenas. De hecho, kratos, más que el concepto de gobierno (designado por archìa) representaba el de “fuerza material”. Por lo tanto, “democracia” significaba, aproximadamente, “dictadura del pueblo” o “de la mayoría”.

Los partidarios del régimen ateniense utilizaban otros términos para indicar que la condición de igualdad era necesaria para que un sistema político funcionara correctamente: “isonomía” es decir, igualdad de leyes para todos los ciudadanos e “isegoría”, derecho igualitario de todos los ciudadanos a hablar en la asamblea.

A estas formas de igualdad iban unidos los principios de parresía: libertad de expresión y eleutería: libertad en general.

La democracia ateniense se caracterizaba por dos rasgos peculiares: el sorteo de los cargos públicos y la asamblea legislativa de democracia directa compuesta por todos los ciudadanos.

Kleroterion, instrumento utilizado por los atenienses para sortear cargos públicos.

La concepción moderna de la democracia influenciada por las ideas de Voltaire gravitando en torno de la enciclopedia, las revoluciones del siglo XVIII, en particular la Revolución Francesa con su lema: “libertad, igualdad y fraternida”. La carta constitucional estadounidense de 1787, la francesa de 1791 centrada en el principio de la separación de poderes (legislativo, ejecutivo y judicial).

El sufragio universal, la primacía de la Constitución y la separación de poderes que son los fundamentos de la democracia representativa, generalizaron la idea de que una democracia tambien debe tener una prensa libre, idónea en materia de comunicación pública, destacando así la existencia de un cuarto poder.

Sobre ésta base ¿Cómo es posible que en un país aparentemente democrático como es Argentina, nos encontremos con (salvo excepciones evidentes y bastante raras) una clase política en gran medida inadecuada, casi siempre incompetente, a menudo corrupta y corruptora? ¿No la hemos preferido nosotros? ¿No somos, por tanto, responsables de ello?

Si la clase política es amoral y corrupta, al fin y al cabo, amoral y corrupta parece ser la sociedad que la ha elegido, entonces es el tejido corrupto de la sociedad civil que debe sanearse en primer lugar, a través de fuertes testimonios éticos (labor de los magistrados, de las fuerzas policiales, de los enseñantes y de los periodistas, no siempre idóneos ni facultados en el rol que cumplen). Asi como con procedimientos educativos formativos (escuela y universidad).

Solamente en ese marco se “formará” la opinión pública.

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