La reelección de Luiz Inácio Lula da Silva ofrece tranquilidad política a La Habana, pero deja al descubierto una paradoja económica difícil de disimular: la isla que alguna vez fue potencia azucarera mundial ahora necesita comprar azúcar en el extranjero. Entre abrazos ideológicos, facturas comerciales y deudas históricas, el socialismo cubano sigue bailando una música cuyo costo merece ser examinado.






