Cuando la política exterior se convierte en tribuna partidaria, los aplausos duran unos minutos; las consecuencias diplomáticas, en cambio, suelen ocupar meses… y a veces años.
Cuando la política exterior se convierte en tribuna partidaria, los aplausos duran unos minutos; las consecuencias diplomáticas, en cambio, suelen ocupar meses… y a veces años.
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