desde los Apeninos a los Andes
Domingo 15 de Diciembre 2019
   

Redacción
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Editorial

Durante el período de los acuerdos cívicos que inspiraron a nuestros próceres a luchar por la Independencia Argentina, el único evento nuevo y revolucionario fue el periodismo. No por las ideas que aportó porque no eran nuevas, sino por el significado, porque fue la primera señal de progreso de nuestra perezosa cultura criolla.
Para comprender tal revolución, es necesario mirar bien el pasado, porque es allí donde tiene origen la desinformación y profunda ignorancia que hoy nos afecta.

Si buscamos el significado cultural de la CONTRARREFORMA, podríamos decir que fue la revelación de “LA VERDAD” por parte de la Iglesia, la cual ordenó sacerdotes, con la precisa función de «evangelizar» a los indígenas inculcando la esperanza.

Es fácil comprender las consecuencias de aquel férreo control de la Instrucción en manos del clero, y el porqué las actividades importantes del poder político, fueran ejercidas por católicos. Tales hechos explican el modo en el que se formaron los Círculos Culturales y el porqué no tuvieron contacto con el público: NO ERAN PÚBLICOS.

Fuera de esos muros, no existía diálogo con la gente, por falta del elemento esencial: LA ALFABETIZACIÓN.
Fue ahí, en esa realidad donde el escritor, no encontrando lectores tras la chusma la ignoró y fue ignorado. Así es como se verifica la mayor catástrofe de todos los fenómenos sociales, y por la cual aún hoy se pagan las consecuencias con el mantenimiento de sus vicios: alejando la cultura de la sociedad.

Faltándole una clientela en grado de consumir sus productos, era inevitable que el intelectual cayera en manos del poder laico o eclesiástico. Poco importa establecer sus diferencias, continúan a vivir siempre juntos.

¿Quién otro que no fuera “un poderoso” habría dado medios para escribir libros y publicarlos?
¿Y a cuáles clientes podía aspirar un escritor, que no fueran doctrinarios?… exquisita minoría culta que flotaba en el océano del analfabetismo.

Por esa razón nacieron los Salones Literarios, puntos de encuentro de escritores solitarios, cuando perdían de vista el sentido de su misión intelectual: dirigir la conciencia popular.
Muchos de ellos no encontraron el lenguaje adecuado, por no advertir que cuando la cultura se transforma, el vocabulario cambia.

Mientras en Francia se escribía el francés de Voltaire o Diderot y en Inglaterra el inglés de Swift o Hume, dispuestos a conquistar genuinamente el corazón y cerebro del público; en el virreinato del Río de la Plata y Capitanía del Alto Perú, se redactaba un idioma español rancio y polvoriento, sin ningún aporte popular que le diera vida, porque las expresiones estaban siempre dirigidas al poder.

En esa cultura artificial sin parentesco con la realidad, la Gaceta de Buenos Aires, fundada por Mariano Moreno, fue una brisa fresca para el alma popular. Tal como quedó impreso en sus páginas: el periodismo vive del público, debe informar, dar espacio a voces, curiosidades y ansias. Recorrer sus calles, adoptar su lengua y respetar sus reglas: códigos éticos-profesionales necesarios en nuestro país.

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